“Gracias a la Fundación +Árboles por organizar este Encuentro y por invitarme a venir a Barcelona. Mientras paseaba por los jardines de este edificio y los periodistas me pedían que abrazara los árboles, recordaba cómo empezó esto hace 33 años cuando me interesé por primera vez por el movimiento ecologista. Estudié física, empecé a ejercer y poco a poco fui dándome cuenta de que se quedaba en lo teórico. Era un enfoque muy mental y muy masculino, como si tuviéramos un televisor en la cabeza y nos comunicáramos a través de un circuito cerrado de televisores.
El Herald Tribune ha hablado de una nueva moneda: el CO2, que es un nuevo negocio. Tenemos que recuperar la moneda natural, la moneda de la naturaleza, de los árboles y de las especies. España comparte con el tercer mundo el problema de la desertificación. Los árboles conservan el agua; son sus guardianes. En 1977 nació un movimiento de mujeres en India ‘el Movimiento Chipko’ que se abrazaban a los árboles; y el Gobierno decía que estaban frenando la economía porque la tala de árboles produce dinero. Las mujeres contestamos que el producto más importante de los árboles son el agua, la tierra y el aire puro.
Ha hecho falta que llegue el cambio climático para que las autoridades entiendan que los árboles son la primera línea de defensa contra él. Absorben el CO2, nos ayudan a defendernos ante a la sequía y la desertización. Son nuestros aliados. En ciertas zonas de India hemos descubierto que las granjas con árboles tienen un 150% más de carbono y un 70% más de humedad. Esa es la economía real que hay que reconstruir: la economía de la naturaleza, la economía de la gente, la economía de las mujeres.
El cambio climático nos sitúa ante un diálogo de civilizaciones. Una parte lo reduce todo al comercio y al dinero. Es el mundo de la patriarquía capitalista, el que crea este desastre y lo deja todo sucio para que otros lo limpien. El otro paradigma es que reconocemos que somos hijos de Gaia y que debemos vivir dentro de sus límites, que una vida mejor no es el poder de destruir sino el poder de crear nueva vida. Eso es lo que garantiza la supervivencia a largo plazo. Esa es la economía real.
La agricultura orgánica convive con la naturaleza y conserva la biodiversidad. La agricultura industrial y los monocultivos hacen lo contrario. Al hablar de agricultura es fundamental ver si mitiga el cambio climático o lo empeora. Transportar judías verdes de Kenia al Reino Unido no es ecológico. Lo ecológico incluye, por definición, la protección de la agricultura local. La agricultura orgánica es la solución al caos climático. La agricultura industrial lo agrava. Esto involucra la tala de los árboles. Los cultivos de soja, por ejemplo, deforestan el medio. Y eso no es ecológico.
En India, el único cultivo genéticamente modificado es el del algodón. Se ha frenado la implantación de otros cultivos transgénicos y hay dos casos en trámite en el Tribunal Supremo. En las zonas con cultivos transgénicos los agricultores están más endeudados y ha habido 150.000 suicidios en 10 años. La agricultura orgánica es una agricultura libre de suicidios. Mantener la agricultura libre de transgénicos es una parte importante del trabajo de nuestra organización. Y hemos conseguido que haya pueblos sin ellos. La única solución es tener zonas vedadas a estos cultivos. Es una parte muy importante de la democracia en nuestros tiempos.
Necesitamos sistemas que produzcan más con menos. Si hay más personas que alimentar, no podemos malgastar la tierra ni el agua. No podemos tener sistemas agrarios que necesitan diez veces más input que output. La agricultura llamada intensiva únicamente es intensiva en el uso de pesticidas y sustancias químicas, que aumentan la contaminación, la presión económica, los problemas para los agricultores, la intensidad energética que ha producido el cambio climático. Está demostrado que la agricultura y la ganadería orgánicas, que por supuesto incluyen a los árboles y a la biodiversidad, tienen entre dos y tres veces más producción que la agricultura industrial, que produce más desempleo, no más comida. La biodiversidad es la solución ante el cambio climático y los mercados volátiles.
Los biocombustibles son otro problema. No podemos dedicar la tierra a producir energía en lugar de comida para la gente. Los biocombustibles pueden provocar más hambre. El precio del maíz se duplicó el año pasado y ha habido disturbios en México. Y el hambre se puede eliminar con la agricultura orgánica.
El trabajo más importante de nuestra organización, donde todas las directivas somos mujeres, es salvar las semillas, producir comida de buena calidad y en cantidad. Y las mujeres son también las grandes protagonistas de esta forma de agricultura, de la gestión de la calidad.
DISCURSO DE VANDANA SHIVA EN EL ENCUENTRO
Queridos amigos de los árboles, muchas gracias por invitarme a unirme a vosotros en este día importante. Mi recuerdo me lleva treinta y tres años atrás, cuando los bosques del Himalaya empezaron a desaparecer. El Gobierno insistía en que el mayor interés de estos bosques eran los beneficios monetarios que reportaban. Y fueron unas mujeres campesinas de las montañas del Himalaya, no personas escolarizadas, sino la profunda sabiduría de la tierra, la que surgió y dijo: "No os dejaremos cortar estos árboles. Estos árboles son nuestras madres, son nuestras vidas. Sin ellos sólo tendremos muerte y destrucción". Maravillosas canciones populares fueron creadas. Recuerdo especialmente un día de 1977 en un pequeño pueblo llamado Advani, cerca de mi casa. Las mujeres salieron hacia un bosque que iba a ser talado, con linternas. Los oficiales que supervisaban la tala del bosque se sorprendieron: "Mujeres tontas, ¿de qué os sirven estas linternas a plena luz del día?". Ellas contestaron: "No hemos traído estas linternas para el sol, sino para vosotros. Porque vosotros creéis que el primer producto de un bosque es la madera, y el dinero. Pero el verdadero producto del bosque es la tierra, el agua y el aire puro". Fueron ridiculizadas, pero más tarde, en 1978, una montaña entera se desprendió y cayó al Ganges, creando un gran lago de cuatro millas, y las inundaciones producidas llegaron hasta Calcuta. El Gobierno comprendió entonces que las mujeres estaban en lo cierto, y en 1981, se prohibió la tala a partir de una determinada altitud. Fueron estas mujeres las que cambiaron la política forestal, la prospección forestal, y nos hicieron reconocer que los bosques del Himalaya no son solamente minas de madera, sino los verdaderos fundamentos de la mayor población del mundo.
Y hoy, tras escuchar la presentación de Greenpeace, tenemos que reconocer que la amenaza a la que nos enfrentamos en las montañas del Himalaya ha llegado a ser una amenaza global; y está empezando a afectar no solamente a los bosques locales, sino también a esos tremendamente ricos bosques pluviales del Amazonas, que son el pulmón, el hígado y el corazón del planeta. Ellos son los que crean y controlan el clima. Son los verdaderos y únicos reguladores del clima planetario, y están siendo talados. A cambio de comida de mala calidad, de agricultura no sostenible, a cambio de la ilusión de poder pasar del modelo de vida industrial y de consumo basado en la energía derivada de combustibles fósiles, y esperar de la superficie limitada de la tierra que proporcione suficiente biocombustible para que siga proveyendo a nuestros coches e industrias, para la refrigeración de hortalizas que deberían cultivarse en nuestros patios traseros en vez de viajar cinco mil millas. Oigo sin parar demasiado de todo esto. No tenemos otra opción que recordar y reconocer que somos parte de una sola tierra, viva e interconectada. Somos parte de Gaia. Somos todos hijos de la Madre Tierra.
Y mientras intentamos hacer frente a esta crisis debemos también tratar de entender dónde surgió este hábito de destruir la naturaleza. En mi opinión, empezó cuando para alimentar la creciente industrialización, con su ilimitada voracidad por las materias primas, la naturaleza tuvo que ser desacralizada. La tierra viva fue convertida en materia inerte. Como científica, he leído a todos los padres fundadores de la ciencia moderna, y no dejo de lamentar que no haya más madres fundadoras. Los padres fundadores nos dijeron que había que convertir a la Madre Tierra en materia inerte, en una tierra vacía. Esto nos permitió, por un lado, violarla y explotarla sin límite, y por otro, apropiarnos de los recursos de otros pueblos; porque la tierra está "vacía", está "sin usar", y el "uso" lo decide el hombre industrial. El asesinato y el exterminio de los nativos americanos siempre se hizo con la excusa de un progreso en la utilización de las tierras. Los aborígenes australianos fueron definidos como no enteramente humanos; eran simplemente fauna y flora de Australia. Una de las más antiguas comunidades del mundo vio sus tierras expoliadas con la justificación de que no cultivaban manzanas. Si no tenían manzanas, no tenían cultivos, así que no podían tener conocimientos, por tanto estaba justificado quedarse con sus tierras.
La idea de una tierra muerta que dio lugar a una visión mecanicista del mundo, inspirada por la mecanización de la vida, se encuentra ahora en su fase final. Lo que vemos a nuestro alrededor, como el caos climático, es el test final que decidirá si esta civilización destructiva se expandirá hasta los últimos rincones de la naturaleza, destruirá el último río, talará el último bosque y contaminará el último soplo de aire, o bien si el mundo entenderá por fin que la tierra nos nutre y que el bosque nos nutre. Esta nueva visión del mundo es la que nos permitirá proceder al tipo de cambio radical como el que las mujeres campesinas del Himalaya, uniendo sus fuerzas y uniéndose a los árboles, pudieron realizar.
El cambio climático está progresivamente siendo utilizado en una nueva visión reduccionista del mundo. En el vocabulario de los informes financieros se habla del carbono y de la "des-carbonización" como si la única forma en la que existe el carbono fuera como combustible fósil, petróleo, gas y carbón. Lo que la tierra hizo en millones de años lo estamos quemando rápidamente. 2.400 años de trabajo creativo de la naturaleza se queman cada año, tres o cuatro veces por encima del índice de 1956: 750 billones de toneladas, cuando habitualmente eran 580 billones. Este carbono que causa contaminación es carbono que no debiéramos haber tocado, que deberíamos haber dejado descansar en la tierra. No es la única forma de carbono. Existe el carbono vivo, el carbono vivo en los árboles.
Este Encuentro y esta conferencia son tan importantes porque nos recuerdan que existe carbono vivo en forma de biodiversidad. Este es el carbono renovable, que a la vez mitiga el cambio climático y nos puede ayudar a adaptarnos a él. La biodiversidad es la alternativa a los combustibles fósiles. Todo cuanto obtenemos hoy de la industria petroquímica tiene una alternativa real en la biodiversidad. Los pesticidas y fertilizantes sintéticos, los tintes químicos, las fuentes de energía móvil... tienen alternativas sostenibles en el mundo vegetal y animal. Hay alternativas naturales a los fertilizantes químicos, biomasa reciclada por lombrices y microorganismos, tintes vegetales... En una de nuestras granjas planté hace tres años un bosque de biodiversidad para no olvidar que todo lo que la humanidad necesita se lo proporcionarían los árboles y las plantas si los protegiéramos, los replantáramos y los cuidáramos.
Y, por supuesto, mi punto preferido: en lugar del automóvil, disponemos de camellos, caballos, burros, elefantes, y barcas, avenidas de movilidad ilimitada que no destruyen el planeta, incluyendo la maravillosa bicicleta. Y en la India, una ingeniosa plataforma de madera con cuatro ruedas que puede llevarle a cualquier sitio, transportar lo que sea, sin incrementar el CO2 emitido a la atmósfera.
El problema de la contaminación por carbono que ocasiona el cambio climático es consecuencia de la transición de una economía de la biodiversidad basada en la renovación del carbono a una economía de combustibles fósiles de carbono no renovable. La revolución industrial fue posible gracias a la habilidad para quemar carbón en combustión interna en las máquinas industriales y transformarlo en energía utilizable que hacía el trabajo que los hombres y los animales hacían hasta entonces. A medida que más y más dióxido de carbono es vertido en la atmósfera, más allá de la capacidad de Gaia para absorberlo y reciclarlo, a la vez cada unidad de energía fósil utilizada en una máquina, de alguna manera, está echando a perder nuestra creatividad humana, está echando a perder la contribución humana.
Una de las cosas que más me preocupa como científica es que cuando se habla de incrementar la producción nunca se tiene en cuenta la eficiencia de los recursos, la relación producción de comida por unidad de energía gastada, por unidad de agua gastada. En cambio, se prima la relación productividadtrabajo, lo que significa en realidad que se pueden tener cosechadoras más y más grandes en el campo pero para ello es necesario cortar cada árbol que entorpezca su camino. En el área mediterránea, las granjas han incluido árboles desde siempre, y en la India hemos tenido más árboles en las zonas agrícolas que en los bosques. De hecho, en el mundo son las pequeñas granjas diversificadas las que tienen mayor productividad, si esta se mide con criterios ecológicos.
La era de los combustibles fósiles ha creado esclavos de la energía, como ha comentado Emery Lovins. Y empezamos a constatar que al intentar reducir el trabajo hemos incrementado terriblemente la carga sobre el planeta. No hay nada gratis. Vamos hacia una economía post petróleo. No queda otra alternativa, tanto por la incapacidad de la atmósfera para absorber más emisiones de la combustión del petróleo como por la progresiva escasez misma del petróleo. Todos los expertos en este campo coinciden en que como mucho dentro de cinco años llegaremos al punto en que las reservas de petróleo serán menores que el petróleo extraído. Proyectar una era post petróleo es un imperativo, ya sea por la escasez de los recursos mismos o para acabar con la polución debida a la emisión de dióxido de carbono.
Pero, desgraciadamente, la humanidad está haciendo trampas consigo misma y con el planeta. Estamos atrapados en el paradigma industrial. Este marco conceptual es en realidad muy limitado si nos atenemos a cuánto tiempo la humanidad ha estado sumida en este paradigma, y limitado en el espacio. Pensemos en qué pocos humanos están atrapados en él frente a una mayoría de la humanidad que vive fuera de la industrialización. Y esa parte de la humanidad está siendo destruida. Está siendo destruida directamente por la expansión del aceite de palma y de soja, e indirectamente devastada al acarrear los peores impactos por el progresivo aumento de inundaciones, de sequías, de ciclones y de huracanes.
La idea de una "buena vida" se basa en un modelo consumista y de producción basado en el petróleo. Estamos anclados en este modelo aun cuando el caos climático intenta hacernos reaccionar. Para ir más allá del petróleo debemos superar la adicción a la infraestructura del industrialismo, a un cierto modelo de progreso y de confort. Una economía no dependiente del petróleo debe superar toda exclusión espacial y temporal de otras especies y evitar toda exclusión de comunidades de seres humanos. Debemos restablecer la cooperación con otras especies, con los bosques, con el suelo, con la Tierra. Debemos reconstruir la economía del otro carbono, basada en la biodiversidad. Esta nueva economía redefine las nociones de "progreso" y "desarrollo" de forma radical.
En el paradigma industrial, ser desarrollado significa más autopistas, más cemento, más explotaciones industrializadas. Y ser subdesarrollado es utilizar sistemas de producción de alimentos, manufacturas o movilidad no dependientes de los combustibles fósiles. En el paradigma basado en la biodiversidad, ser desarrollado es ser capaz de dejar espacio ecológico para otras especies, para otros seres humanos y para las generaciones futuras. Tenemos un maravilloso Upanishad que dice que la Creación fue hecha para el beneficio de todas las especies, y que cada especie debe proveerse de lo necesario en cooperación con las otras especies, dejando suficiente a las demás para subsistir. Según este Upanishad, coger más de lo que uno necesita es robar, porque se está usurpando el espacio ecológico de otras especies.
Desgraciadamente, lo que se ha venido llamando progreso es el crecimiento. Y en esta economía del crecimiento sin límite, en la que se ha cogido sin devolver tanto a la naturaleza como a otras culturas, se basan el lujo y el insostenible consumismo que deja a todos insatisfechos. Para nosotros, ser subdesarrollados es usurpar el espacio ecológico de otras especies y comunidades. Lo que está ocurriendo en los bosques de Amazonia e Indonesia son ejemplos de una civilización muy subdesarrollada.
Repetidamente desenfocamos la atención imaginando que está habiendo un "choque de civilizaciones", entre el Islam y la Civilización Occidental. Samuel Huntington escribió un libro sobre ello. Se hizo una guerra en Oriente Medio sobre las bases de esta falsa idea del "choque de civilizaciones". Para nosotros fue tremendamente esperanzador que, cuando los ataques terroristas en Madrid, en lugar de participar en la escalada de violencia el nuevo Gobierno se saliera de esa espiral y retirara sus fuerzas del conflicto armado. Este "hacer la paz" debe ser ahora extendido a "hacer la paz" con el planeta. Veinticinco años de trabajo y de investigación me han llevado al convencimiento de que la mayoría de las guerras de hoy son por los recursos naturales, a medida que van siendo más escasos. La guerra en Oriente Medio era claramente debida al petróleo, pero también al agua y a la tierra. El pasado año entregamos el Premio Gandhi a una comunidad indígena del Amazonas que lucha contra Cargail, una compañía que está expandiendo el cultivo de soja a gran escala y de forma totalmente ilegal, creando un puerto para su exportación, para el consumo de animales en granjas industriales no sostenibles.
Desgraciadamente, la mentalidad mecanicista piensa que el progreso se mide en número de coches y de autopistas. Este paradigma está destruyendo los últimos defensores del planeta, nuestros bosques, para producir hoy biofuel. La idea de que gracias al biofuel será posible paliar la falta de petróleo y el caos climático es terriblemente equivocada. El biofuel no reduce las emisiones de dióxido de carbono, y eso lo manifiestan todos los científicos. Los bosques de Indonesia que están siendo quemados para producir biofuel vierten diez veces más dióxido a la atmósfera. El biofuel procedente del aceite de palma destinado al requerimiento del 5% y 10% de la utilización europea se producirá quemando más y más bosques. Eso no es ninguna solución ecológica. Eso es devastación.
Pienso que las comunidades europeas deben evaluar, hacer una auditoría de lo que implica este requerimiento del 10% de biofuel. En el caso del maíz, procede de explotaciones en Estados Unidos. David Pimentel, un economista excepcional, ha demostrado que se necesitan 20.000 kilocalorías para producir 1 galón de etanol, que proporcionará 19.000 kilocalorías en su utilización. ¡Es economía negativa! Es sólo un ejemplo más del tipo de procedimientos de la civilización contemporánea, basada en tres fundamentalismos. El primero, el fundamentalismo tecnológico, reside en la idea de que las máquinas son superiores a los métodos de trabajo naturales. Este fundamentalismo lleva a una visión tramposa, a creer que se pueden obviar los imponderables y a hacer trucos con la aritmética.
Veinticinco años de trabajo e investigación me permiten afirmar que es falso que la agricultura industrial produzca más alimentos. Las granjas industriales son monocultivos empobrecidos que usan diez veces más agua, que requieren mayores cantidades de productos químicos, de energía derivada de combustibles fósiles, para proporcionarnos alimentos de bajísima calidad nutricional. En las pequeñas granjas en biodiversidad ‹como constatamos en las explotaciones que tenemos en la India, en diferentes entornos geográficos (desiertos, zonas montañosas, bosques pluviales de KeralaŠ)‹ la producción es de dos a tres veces superior, el beneficio para el pequeño agricultor es de tres a cinco veces mayor y son más resistentes frente al caos climático. Nuestras granjas nos demuestran que a mayor diversificación, mayor producción y mejor adaptación o resiliencia. Puede llover, puede no llover, llover demasiado, o cuando no debe, pero si tienes diferentes cultivos siempre hay algo que va bien. Se trata del viejo consejo de no poner todos los huevos en el mismo cesto. Pero la agricultura industrial nos obliga a poner todos los huevos en el mismo cesto. Y ese cesto pertenece a Monsanto, o Novartis, o Syngenta...
En la India impedimos la introducción de semillas alimentarias genéticamente modificadas, pero no lo logramos con el algodón GMO. En el vasto cinturón donde se cultiva ha habido ya 150.000 suicidios de agricultores. En la misma tierra donde Gandhi utilizó el algodón para nuestra libertad, las semillas de la esclavitud se llevan hoy la vida de nuestros agricultores. Hace unas semanas estuve allí, distribuyendo semillas. No lo podía creer: a las mujeres se les pide que quemen todo (materia de deshecho de la cosecha) en lugar de utilizarlo como abono. Por lo visto, es una medida de precaución. El algodón BT, considerado tan seguro para llevarlo como ropa, para ingerirlo como aceite comestible, puede ser tan peligroso que en lugar de poner los restos en la tierra como materia orgánica se les pide a los agricultores que los quemen. He oído las noticias sobre los incendios forestales en España este año, y me pregunto cuántos incendios habrá en tierras donde no deberían producirse, si la materia orgánica que nutre a los gusanos le fuera devuelta a la tierra.
El cambio climático agravará la violencia sobre nuestra agricultura. El año pasado creamos una red comunitaria de bancos de semillas para enfrentarnos a él; semillas resistentes a la sequía, que sólo requieren 100 ó 200 milímetros de lluvia para producir muy buenos alimentos. Hay variedades que desaparecieron bajo la "revolución verde", una variedad de arroz que puede crecer 15 pies sobre el agua y aguantar en ella dos meses, y que se cosecha en barca. Nadie cultiva esas variedades hoy en día. Hemos salvado esas semillas. En las zonas costeras de la India, donde siempre se ha cultivado una combinación de Prawn & Paddy, hemos salvado variedades de Paddy resistentes a la sal. Las distribuimos bajo el ciclón de 1988, también después del tsunami, y ahora las llevo a la gran zona costera, donde los ciclones se han multiplicado por diez, han aumentado su velocidad de 100 a 300 Km./h y se adentran cada vez más en la tierra. Mientras nosotros salvamos estas semillas para distribuirlas y compartirlas, Monsanto proclama su propiedad sobre las variedades resistentes a la sal y a la sequía.
Empecé con Navdanya veinte años atrás porque estoy convencida de que los dones de la naturaleza son patrimonio de todos. La evolución de nuestras plantas no puede ser monopolizada y bloqueada para el futuro, ni ser manipulada como hace la ingeniería genética. Hoy, con el cambio climático, la biodiversidad es nuestra mejor defensa, y es urgente devolver esta biodiversidad a la Tierra, para que sea compartida libremente por las comunidades. Debemos luchar para que las terribles cláusulas en la Organización Mundial del Comercio que permiten patentar la vida sean abolidas, para que la patente sobre semillas, plantas y árboles sea ilegal. Si no lo logramos, aumentará la criminalización de nuestra agricultura por parte de esas grandes corporaciones. Esas cláusulas no permiten a los agricultores guardar las semillas ni compartirlas.
Hemos luchado en un gran movimiento llamado Beeg Sategra (que en indio significa semilla y lucha por la verdad). Incluso ahí los granjeros están intentando frenar la introducción de variedades genéticamente modificadas ya que impiden su opción de cultivo ecológico. Lo único que se ha hecho legalmente es pasar del 0,1% al 0,9%, sobre el papel, para proteger la agricultura ecológica, cuando lo que se debería haber hecho es arrancar los cultivos de transgénicos, porque no aportan ninguna ventaja en calidad nutricional, ni en mejoras ambientales, ni para la salud pública. El único beneficiado es Monsanto. ¿Por qué se someten los gobiernos del mundo a esta dictadura en lugar de luchar por una democracia a escala planetaria?
Tengo ante mí una bonita planta que me ha regalado el movimiento Solidaritat amb Josep Pàmies, un sindicalista agrario que en 2003 participó en una acción contra los transgénicos en Cataluña y que es amenazado con cuatro años de prisión y una multa de 50 000 euros. Yo pienso que son las corporaciones las que deberían compensar a la naturaleza, a la tierra y a los agricultores. Sólo lo lograremos con nuestra solidaridad; y yo me solidarizo hoy aquí con Josep Pàmies. Estoy totalmente con vosotros en vuestra lucha para preservar España de los transgénicos.
Al preparar nuestro futuro ‹un futuro turbulento, incierto, donde lo único seguro es un enorme interrogante sobre nuestras condiciones de vida‹ necesitamos más que nunca maestros, y las semillas, las plantas, los árboles y los bosques han sido siempre maestros. Maestros en esperanza en las peores circunstancias. Pones una semilla en la tierra, caen tres gotas de lluvia y puedes ver cómo en seguida germina. Esta resiliencia, esta capacidad de supervivencia es nuestra mayor fuente de esperanza. Los árboles, los bosques y las semillas son maestros en ella. Y nos dan una importantísima lección de libertad. Cuando plantas una semilla de arroz, de trigo, o de roble, sabe perfectamente cómo convertirse en arroz, en trigo o en roble. La pequeña planta, tan diferente de la planta que será más tarde, sabe perfectamente cómo convertirse en ella, y no necesita que el señor Monsanto le diga: "Crece un poco más hacia la derecha, echa una hojita más por aquí, otra por ahíŠ". La planta tiene todo el "saber" en ella misma, y es esta sabiduría la que está siendo suprimida. Esta sabiduría sólo puede ejercitarse en libertad. Si las semillas se convierten en semillas "Terminator", esas semillas estériles incapaces de reproducirse, conseguidas por manipulación genética, esta sabiduría está siendo interrumpida.
Uno de nuestros poetas nacionales, Tagore ‹que devolvió su Premio Nobel por la guerra, negándose a recibirlo hasta que la guerra cesara‹, escribió un profundo ensayo sobre la civilización india. Decía que si la civilización india había llegado a unos niveles de democracia y libertad era porque tenía como más alto ejemplo de civilización al bosque. Por eso nos llamamos a nosotros mismos "Arrania Sanscrete" (el bosque secreto). Y aprender del bosque para vivir es llegar al nivel más alto al que un ser humano puede llegar. La belleza del bosque es que tanto las pequeñas plantas del humus como los gigantescos árboles que se alzan hasta el cielo comparten el mismo status. Con biodiversidad, la democracia funciona, la libertad funciona.
Otra sencilla lección de democracia: cuando se arrojaron las bombas sobre Irak la operación se llamaba "Libertad para Irak", "Democracia para Irak". Cualquier humilde árbol nos hubiera enseñado que la libertad crece de abajo hacia arriba, no se impone de arriba abajo.
En estos tiempos con el terrible legado de la polución por combustibles fósiles, un futuro con un caos climático, el engaño del biofuel que está destruyendo los últimos bosques y granjas y empobreciendo y dejando sin alimentos a innumerables personas, lo que necesitamos es democracia, desde abajo, desde las bases, tanto para los árboles como para los seres humanos. Aprenderemos a ser libres si aprendemos de los árboles.
Hoy, nuestro deber secreto es, primero y ante todo, proteger ferozmente la vida, allí donde se encuentre. Y si sabemos que algo que consumimos daña a la atmósfera, a la tierra o al bosque, nuestro deber es no participar en ello. Eso implica un esfuerzo, crear una alternativa, pero os puedo decir que todo lo que implica esfuerzo nos da satisfacción. La indiferencia nos encerrará en un callejón sin salida, en una prisión de la que no podremos liberarnos. Por eso debemos hacer un esfuerzo para unirnos a esta campaña ejemplar. Nos costará un esfuerzo a todos: al que va a plantar la semilla, al que va a cuidar el árbol, al que buscará ayudas, al que hará que todo eso sea posible...
Tratar a los árboles y a los bosques como nuestros maestros implica rechazar el modelo industrial de los combustibles fósiles como modelo de progreso. No nos sirve. Hay que reducir la demanda de recursos naturales, expandir nuestra conciencia, aumentar la biodiversidad. Solo así mejorará la vida de las personas, tanto del norte como del sur, y esta es la nueva solidaridad que la Tierra nos está pidiendo. Una solidaridad en la que todos formaremos parte de una familia, que respira el mismo aire y bebe la misma agua. Todos somos Gaia. Lo maravilloso de todo esto es que la reducción de las demandas energéticas y el aumento de la biodiversidad se complementan, van de la mano. Somos hijos de la misma familia, aunque hablemos idiomas distintos, y eso también es una expresión de la biodiversidad. Doy las gracias a los traductores que hacen posible nuestra comprensión.
Me gustaría terminar con un texto del manifiesto de Guillem Ferrer que me pasaron ayer durante la cena:
"Soy un árbol. No necesitamos más productos. Necesitamos más árboles. Conviértete en un árbol. Actúa como un árbol. Diseña árboles. Los árboles funcionan con el Sol. Viven en total armonía con el entorno. Nos proporcionan tierra, agua, aire puro. No generan basura. Los árboles son seres espirituales. Son el eslabón entre el cielo y la tierra. Son la imagen de la paz. Son el modelo para la nueva revolución industrial. La revolución de los maestros, de los diseñadores, de los artesanos. De los que plantarán las semillas de la libertad, de la esperanza, de la paz, de la vida".
Estoy muy contenta de que, en lugar de efectuar una ficticia transacción bursátil, este grupo haya decidido plantar árboles de verdad.
Muchas gracias a todos.”