Por Kenny Ausubel
Como dijo una vez Richard Deertrack, líder de los Taos Pueblo de Nuevo México, en la Conferencia de los Bioneros, “desde el punto de vista de una planta, todos los humanos somos más o menos iguales.” Desde la perspectiva del planeta, somos una sola especie. Si no hay nada que haya conseguido unir a la humanidad lo suficiente para ver más allá de nuestras diferencias culturales contrapuestas, la amenaza de un colapso ecológico global tal vez nos hará finalmente recapacitar.
El reciente informe Milenio sobre el Ecosistema de la ONU, llegó a la siguiente conclusión: “La actividad humana está sobrecargando las funciones naturales de la Tierra hasta el punto en que ya no se puede contar con la habilidad de los ecosistemas planetarios para sostener las generaciones venideras. Se ha constatado que casi dos tercios de los servicios que la naturaleza nos presta a la humanidad están decayendo a escala mundial.”
Lo que hacemos a la tierra lo hacemos a nosotros mismos. Y lo que hacemos los unos a los otros, lo hacemos a la tierra. Como ha dicho Michael Learner de Commonweal, “Las heridas que infligimos los unos a los otros y contra la tierra es la misma herida.” Restaurar los ecosistemas de la Tierra en peligro requiere que también restauremos nuestras comunidades humanas.
En el fondo, nos encontramos en una crisis relacional que nos insta a que actuemos como si fuéramos parte de—no aparte de—el mundo natural sobre el que también depende nuestra vida.
Nos encontramos delante de una elección clara: ¿una Edad de Extinciones o una Edad de Restauración?
Hace unos dieciocho años, en 1990, una confluencia de dos tomas de conciencia gemelas fue la chispa que me incitó a fundar la Conferencia de los Bioneros. Por una parte, la magnitud de la emergencia medioambiental que se vislumbraba ya amenazaba con hacer de la humanidad una especie en peligro de extinción. Por otra, las soluciones más sorprendentes parecían estar rodeándonos, esperando ser desveladas. Nuestro propósito con los Bioneros era el de atraer la atención hacia soluciones prácticas y visionarias para restaurar la tierra y la gente.
Con mi socia de negocios y esposa, Nina Simons, juntamos personas que yo llamaba Bioneros—pioneros de la biología que se asomaban para mirar profundamente dentro del corazón de los sistemas vivos, para poder entender las “instrucciones de manejo” de la naturaleza. Nuestra búsqueda trata de reunir todo lo que podamos aprender de cuatro billones de años de inteligencia evolutiva y aplicarlo de manera práctica para servir a los fines humanos de forma inofensiva. La pregunta fundamental: ¿Cómo lo haría la naturaleza?
El aspecto positivo es que las soluciones a nuestros problemas en buena parte ya existen. Aún cuando no sabemos exactamente cómo proceder, tenemos una idea bastante clara de la dirección que debemos tomar. Los modelos van apareciendo como burbujas desde la profunda sabiduría del mundo natural. Una extraordinaria creatividad humana centrada en la resolución de los problemas está desbaratando el mito de la desesperación. Hay grandes esperanzas por lo mucho que nos queda por saber, y también por ese poquito que ya sabemos. Una y otra vez, la historia recalca la diferencia que puede suponer la aportación de una sola persona, y que construir una comunidad supone un salto cualitativo.
Como científicos e innovadores sociales, los bioneros han estado en la vanguardia de la ciencia emergente de la biomímica, la “inovación inspirada en la naturaleza”. La biomímica demuestra que las soluciones naturales que han superado el paso del tiempo sobrepasan incluso nuestro concepto de lo posible. Éstas son las auténticas biotecnologías. En muchos casos, estos conocimientos ya figuran en la antigua ciencia de las poblaciones indígenas, los bioneros originales.
Por mucho que se hable de la Edad de la Información, de hecho nos encontramos entrando en la Edad de la Biología. Admitámoslo: nosotros no inventamos la naturaleza, la naturaleza nos inventó a nosotros. Como en el fútbol, el último penalti de la tanda lo lanzará la naturaleza. Además, el campo de juego es suyo. Nos convendría aprender las reglas y cómo jugar según ellas. Eso, en gran medida, es de lo que trata el trabajo de los bioneros.
La gran autoridad en el campo de biomímica, Janine Benyus, observa con una elegante simplicidad qué lo que hace la vida es “crear las condiciones propicias para la vida”. Esa es tal vez la misión más esencial de los bioneros.
El gran trama ecológica se desarrolla a través de una red alimentaria que no genera desperdicios. Se basa en una economía solar que ni hurga en el pasado ni hipoteca el futuro. Entre los principios que la rigen están la diversidad, el parentesco, la simbiosis y la comunidad. La belleza de la biología reside en que sus hechos pueden servirnos de metáforas. Estos códigos subyacientes también nos sirven de parábolas para inspirarnos, como seres humanos, a organizar una sociedad más justa, compasiva y auténticamente sostenible.
La gran historia que realmente nos está transmitiendo la naturaleza es la épica de la interdependencia. La vida está íntimamente interconectada y como civilización hemos metido la pata a fondo al creer que existimos de alguna manera al margen de la naturaleza, o el uno del otro. Todo está vivo. Todo es inteligente. Todo está conectado. Todo está relacionado.
Lo que los bioneros están sacando a la luz es, ni más ni menos, una revolución desde el mismo corazón de la naturaleza. Mimetizando los procesos naturales, podemos armonizar las infraestructuras humanas con las infraestructuras de la naturaleza. Basándonos en lo que ya sabemos, podemos reducir la huella negativa humana en un 90%. A la vez que restauramos el suelo, podemos rejuvenecer nuestras economías y mejorar dramáticamente nuestra calidad de vida.
Cuando Nina Simons y yo convocamos la primera Conferencia de Bioneros, teníamos una visión clara, la de unir a un grupo de gente para hacer llegar a la conciencia del público nuevas soluciones y estrategias. Desde el principio, nuestra misión tenía una intención catártica. Si el mundo realmente se pudiera dar cuenta de todo lo que los bioneros estábamos demostrando como factible, esa consciencia podría poner en marcha todo un movimiento. El mundo se podría movilizar alrededor de la gran obra de restauración.
Al llegar el año 1990, un número cada vez más importantes de científicos y biólogos ya nos estaban advirtiendo del riesgo de cruzar irreversiblemente ciertos umbrales medioambientales: el calentamiento global, desmoronamiento de la biodiversidad, pérdida de la capa arable, escasez de agua dulce y el envenenamiento omnipresente de la red de la vida. Sabíamos que tratar el medioambiente como “otro tema más” sería un tremendo error. El medioambiente es la madre de todos los temas. Cuando la casa está ardiendo, no tiene sentido pelearse para ver a quien le toca la mejor habitación.
El fundamento del conocimiento medioambiental --todas las formas de vida están interconectadas e interdependientes-- se convirtió en la base filosófica de los Bioneros, lo que llegamos a denominar una Declaración de Interdependencia. Una vez entendido el concepto de interdependencia, te das cuenta de que no existen cuestiones aisladas. Todos los temas están conectados y sólo con “resolver en pauta” –-un concepto introducido por Wendell Berry en el que se aplican enfoques sistemáticos que tratan múltiples dimensiones a la vez—puedes realmente llegar a resolver algo. La polinización cruzada entre temas, que de otra manera suelen estar separados, también libera un tremendo poder sinérgico.
Por ejemplo, en un mundo en el que la mitad de la población sobrevive con menos de dos dólares al día, la pobreza es una causa primaria de devastación medioambiental. Solamente al enfrentarnos a la enorme brecha entre ricos y pobres podremos restaurar el medioambiente. La Guerra del Golfo que nos hace falta declarar es la de cerrar el “golfo” entre ricos y pobres. Como escribió Paul Hawken en su libro Manual de Instrucciones de la Naturaleza, “si hay que salvar lo que es salvaje, lo que es irremplazable y majestuoso en la naturaleza, la ironía de la situación es que entonces tendremos que volvernos hacia nuestros semejantes y cuidar de todos los seres humanos aquí en la tierra. No hay fronteras que puedan proteger la naturaleza de una humanidad que sufre.”
A lo largo de los años, la Conferencia de los Bioneros ha ayudado a conectar los temas clave y a incubar iniciativas y movimientos colaborativos. Una de esas iniciativas es la Medicina Ecológica, un término acuñado por Carolyn Raffensperger de la Red de Salud Científica y Medioambiental. Los Bioneros han ayudado a las comunidades de sanidad y de medioambiente, previamente dispares, a acercarse en el reconocimiento de que la salud humana depende en última instancia de la salud de nuestros ecosistemas. Solamente al restaurar la salud ecológica podremos fomentar una salud pública real y duradera. Otra iniciativa clave se ha formado a través de la convergencia de los movimientos ecologista y de justicia social, que necesitan el uno del otro para prosperar. Y otra iniciativa más: se ha destacado el liderazgo de las mujeres en la restauración medioambiental, al reconocer que son las mujeres quienes mejor entienden como volver a tejer la multitud de conexiones entre salud, justicia y nuestra relación con el mundo natural. Desde el principio, la agricultura ecológica ha sido nuestra pieza clave, ya que la agricultura convencional es la destructora principal del medio ambiente, aunque pocos lo sepan. También hemos cultivado una base sólida de líderes jóvenes en un marco excepcional de asesoramiento recíproco inter-generacional.
Otra característica de los Bioneros es que nunca le hemos dicho a nadie cómo pensar. Aún operando dentro de un amplio marco de valores progresistas como son la democracia, la justicia social y la paz, los Bioneros sirven sobre todo como un foro que presenta un amplio abanico de enfoques diversos que son efectivos y nacidos de la práctica. Dejamos a la gente que haga sus propias valoraciones y que actúe en consecuencia. Nuestro trabajo verdadero consiste en identificar y destacar el trabajo de brillantes innovadores científicos y sociales que están centrados en buscar soluciones, para ayudarles a diseminar sus ideas y prácticas.
“Cuando cambian las historias, cambia el mundo”
Desde el principio, quisimos imaginar la Conferencia de Bioneros haciendo llegar soluciones a un público cada vez más amplio. Nos planteamos una serie radiofónica, una serie de libros, documentos televisivos y contactos con los medios de comunicación. Todo eso ha llegado a realizarse. (En 1990 acababa de nacer Internet y todavía ignorábamos el papel central que llegaría a jugar en nuestros futuros.)
En los EEUU, la gente recibe el 90% de su “educación medioambiental” no en las escuelas si no a través de los medios. Dado el peso de las grandes corporaciones en los medios y las distorsiones resultantes tanto en la ausencia de información como en la desinformación descarada, nosotros generamos y a veces distribuimos nuestros propios contenidos, además de trabajar a través de medios independientes y de periodistas autónomos. Nuestra serie radiofónica anual, Los Bioneros: La revolución desde el corazón de la naturaleza, se emite en el 2007 en más de 200 emisoras públicas norteamericanas. Las presentaciones de las conferencias plenarias salen en los canales digitales Free Speech TV y Link TV. Nuestras antologías impresas llegan tanto al público general como a los educadores. Nuestra web rebosa de contenido y enlaces interactivos que permiten a las personas interconectarse según temas, zonas geográficas o redes. También producimos un boletín gratuito por email.
Los Bioneros han llegado a ser una fuente importante de información puntera para los medios. Desarrollamos un papel asesor importante en la película La hora de la verdad de Leonardo di Caprio, en la que destacan numerosos Bioneros. Empezando en 2006 la sección “Oneº” en la web del Weather Channel ha destacado segmentos de la Conferencia de los Bioneros en texto, audio y video. El autor Michael Pollan centró su bestseller, “El dilema del omnívoro” y un artículo de portada del New York Times Magazine, en el Bionero Joel Salatin. Nuestra prioridad siempre ha sido la de promocionar el trabajo de los Bioneros en sí, no a la organización.
Como observa el autor y comentarista radiofónico Thom Hartmann, “cuando cambian las historias, cambia el mundo”. En nuestra experiencia, siempre ha quedado claro que cuando la gente se entera de la existencia de soluciones y alternativas viables, esto crea una presión dramática para el cambio fundamental. El cambio cultural suele precipitar las transiciones políticas y económicas. Los Bioneros están transformando la cultura al cambiar las historias, del temor a la esperanza, de la extinción a la restauración.
La fuerza de conectarse.
Nos tardó años valorar la importancia de lo que se escondía a plena vista desde la primera conferencia. Yo daba por supuesto que los ponientes se conocerían porque era obvio que sus líneas de investigación estaban relacionadas. La verdad es que la mayoría no se habían encontrado nunca y, lo más sorprendente, no conocían el trabajo de los demás. ¿Como podía ser que los trabajos estuvieran tan conectados y sus autores no?
Con esa primera conferencia, la gente empezó a conectarse. La sinergia inherente enseguida incrementó la fuerza y las posibilidades del trabajo. Al juntarnos para resolver según pauta empezamos a unir los puntos… medioambiente, salud, justicia social, espiritualidad. Estuvimos presentes doscientas personas y nos invadió la euforia al descubrir que no estábamos solos.
Pasaron varios años hasta que comprendimos que el aspecto de convocatoria de la conferencia era tan importante como la parte educativa. Nunca nos imaginamos hasta donde llevaría a los Bioneros. La conferencia anual se convirtió en un animado festival de relaciones y contactos productivos. En seguida empezó a crecer de tamaño, obligándonos a trasladarla desde nuestra base en Santa Fe (Nuevo México) hasta la Bahía de San Francisco en California, un caldo de cultivo de innovación social y medioambiental. Cuando la Conferencia llegó a atraer cada año a más de tres mil personas, decidimos poner un limite para mantener su utilidad como marco de intercambio. Esa decisión dio pie a una nueva especie de interconectividad. Ahí está la belleza de los sistemas vivos: la evolución produce nuevas “propiedades emergentes” que nunca podríamos haber anticipado ni previsto. El conjunto siempre resulta mayor que la suma de sus partes.
La primera de estas innovaciones fue el programa por satélite Beaming Bioneers (Bioneros Transmisores). Empezando en el 2002, transmitimos vía satélite tres sesiones matinales de la conferencia a otros cinco puntos de reunión repartidos a lo ancho de Norteamérica. En estos lugares, los organizadores programaron sus propias agendas complementarias con conferenciantes, temas y eventos locales, a menudo en colaboración con universidades y centros educativos de la zona. Nuestro objetivo nunca fue el de crear una megaconferencia si no simplemente hacer correr la voz. Optar por un enfoque más local ha resultado ser la mejor manera de centrar el trabajo en sus tres vertientes: lugar, comunidad y acción.
Si el destino final es el de cultivar un movimiento para la sostenibilidad a largo plazo, construirlo desde abajo le da un fundamento más sólido. Comunidades locales ahora están adaptando el concepto de los Bioneros para sus propias geografías y necesidades, conectando los trabajos de multitud de héroes locales. Los resultados incluyen iniciativas tangibles que cuentan con la participación de gobiernos y empresas locales. Ya empiezan a involucrarse alcaldes, funcionarios y comités de planificación, y en dos ciudades las transmisiones de nuestras conferencias ha llevado a la formación de comisiones municipales de sostenibilidad. En el 2007, el número de comunidades ligadas a los Bioneros Transmisores ha llegado a 21 --un total estimado de 10.000 personas sin contar los 3.400 que se esperan en la conferencia de California.
En el 2007 hemos lanzado el programa Soñando Nuevo México. Estamos colaborando con grupos locales para crear una visión de futuro positivo para Nuevo México, utilizando las redes, aptitudes y conocimientos de los Bioneros para colaborar creando un buen futuro para nuestra zona.
Hemos recibido peticiones para el programa de casi 300 comunidades de todo el mundo. Provienen de Mexico, Brasil, Japón, China, Australia y varios países europeos. En el 2006 presentamos en directo un “enlace espacial” vía satélite con Dharamsala, India en el que dialogamos con trece “Abuelas” indígenas que visitaban al Dalai Lama y que nos hablaron en nombre de la Tierra. En los años venideros pensamos conectar con colaboradores internacionales para fomentar la polinización cruzada de nuestras respectivas mejores prácticas y conocimientos. Este modelo de red ampliado a nivel “globalocal” une los puntos entre las comunidades locales, nacionales y globales.
Hace unos años nos dimos cuenta de que había gente que espontáneamente usaba videos de sesiones plenarias de nuestras conferencias para organizar sus propios encuentros Bioneros “off-line” en cualquier momento. Entonces iniciamos la Bioneers Community Network (Red Comunitaria Bionera) o BCN. Para que la gente pueda montar desde una reunión en el salón, hasta una conferencia local completa, ofrecemos materiales para distribuir a los medios y recursos de apoyo comunitario.
Esperamos que la Red Comunitaria Bionera acabe llegando a cientos de miles de comunidades alrededor del mundo. La mayoría parece intuir que el mundo se enfrenta a un grave peligro tanto social como ecológico. En todas partes la gente se está movilizando, creando olas de conciencia y solidaridad para contribuir de manera constructiva. A estos movimientos ciudadanos ya se les está llamando “la nueva superpotencia”. Cada vez más los gobiernos locales y nuevos líderes están poniéndose a la altura del reto democrático. Empresas comprometidas con sus comunidades locales están colaborando para crear “economías locales vivas”. Este “Nuevo Localismo” se está esparciendo globalmente entre la sociedad civil, la empresa y el gobierno. Como dijo el cantautor Pete Seeger, “el mundo lo salvará los que salven sus propios hogares”.
Interconectarse es tan importante como diseminar soluciones que apoyen a la vida. Fritjof Capra, físico y escritor, ya lo dijo: “Las redes son la pauta básica de la organización de todo sistema viviente. Desde su comienzo hace tres mil millones de años, la vida no se apoderó de este planeta combatiendo si no haciendo redes. Cuanto más conectemos esta inteligencia descentralizada y hagamos circular modelos innovadores de lo que funciona, más posibilidades tendremos de sacar al mundo de las llamas.”
El meollo biológico.
Estoy convencido de que el mundo llegó a un punto decisivo en el año 2006. David Orr lo llama “una iluminación ecologica global”. En todo el mundo la gente se está retirando del borde del abismo para exigir soluciones de verdad. Este movimiento de movimientos global sin precedentes lo describe Paul Hawken como “la respuesta inmunitaria de la humanidad.” Según él, ya se le puede considerar el mayor movimiento en la historia del mundo y está creciendo a marchas forzadas.
Sin embargo, realmente es la hora de la verdad. Un imperio de multinacionales desbocado hacia la concentración de la riqueza está amenazando el futuro de nuestra biosfera. Todos sabemos que los imperios no son más que castillos de arena que acaban desmoronándose, pero cuando el árbitro manda a ese imperio al banquillo, el partido ya podría haberse acabado. La globalización corporativa está matando a su anfitrión—la Madre Tierra.
Gary Larson dibujó una viñeta que resume el Imperio Exprés. Un grupo de perros se encuentran en un bote salvavidas viendo cómo se hunde su barco. El jefe dice a los demás perros:
--Vale, todos los que estén a favor de comer todos los víveres de golpe, que levanten la pata--.
Esta escena, en resumidas cuentas, es la globalización corporativa económica.
Hoy, la situación a nivel de calle, que está a punto de combustión espontánea, es una “tormenta perfecta” de degradación medioambiental extrema y colapso de las infraestructuras. No es la primera vez que ocurre. Varias civilizaciones anteriores a la nuestra se extinguieron gracias a una catástrofe medioambiental auto-infligida, pero hasta ahora el daño siempre era a escala local. En este momento crítico, por primera vez en la historia, la humanidad tiene la capacidad de destruir las condiciones que soportan la vida a una escala global.
A decir verdad, la clase política en general no tiene ni idea de por dónde tirar. No ha tenido ningún plan, aparte de comer todos los víveres de golpe. Aunque el imperio parece tener un poder que asusta, la verdad es que está haciendo aguas por los cuatro costados. Limpiar el medio ambiente depende de limpiar la política. La democracia es la clave de la restauración. Para llegar a la auténtica democracia, hace falta una separación de la grandes corporaciones y el estado.
En todas partes la gente empieza a rechazar la idea de la deificación del mercado por encima de los derechos humanos y medioambientales. Amory Lovins lo describe así: “Los mercados son un buen sirviente pero un mal amo y una peor religión. Los mercados producen cosas de valor, pero sólo las comunidades y las familias producen valores. Una sociedad que intenta sustituir mercados por política, ética o fe, se irá seriamente a la deriva.”
Como bien saben los que ostentan el poder, la creación de riqueza depende en gran parte de las políticas y el herario públicos. Tenemos que cambiar las política públicas para servir al bien común. Imagínense crear un Compromiso Verde: un programa de obras públicas que de un empujón a la restauración mediante una transición rápida hacia la energía renovable, la agricultura ecológica y un sistema sanitario robusto, basado en el bienestar, la medicina preventiva y la recuperación de los ecosistemas sobre los que depende la salud de todos.
Al hacer todo esto, incrementaremos de forma dramática la Seguridad nacional y medioambiental. Seremos catalizadores de un enorme programa de re-creación de empleo que dará trabajos con sentido a cambio de un salario digno. Incitaremos a un sinnúmero de nuevas empresas e innovaciones tecnológicas que se pueden diseminar por todo el mundo para repartir la riqueza.
Dice David Suzuki: “El auténtico balance final es el biológico. Somos animales que vivimos dentro de los exquisitos confines del aire, agua y tierra donde existe la vida. La biosfera es la fuente de todo lo que nos importa, incluyendo la economía.” Este balance final biológico nos ofrece el matrimonio feliz entre la economía y la ecología.
Contamos con brillantes innovadores sociales y científicos que llevan tiempo cultivando con paciencia las semillas de exitosos proyectos a nivel local, regional y hasta social para la transformación hacia una civilización sostenible. Está adquiriendo forma un movimiento de globalización alternativo de proporciones sin precedentes, tejiendo una red verde de modelos innovadores versados en las verdaderas biotecnologías y en la equidad social.
Se ha bautizado a este movimiento, esta superpotencia, con el nombre “la revolución de los sueños”. Esto es precisamente lo que hacen juntos los Bioneros: re-imaginar el mundo. Los indígenas mayas de México que se levantaron junto con los Zapatistas para luchar por su propia supervivencia, se identificaron con un movimiento “de un sólo no y muchos síes”. La única negativa era un no a la concentración de la riqueza y la distribución de la pobreza, un no a que el mundo se convirtiera en un gran latifundio.
“Queremos un mundo—dijeron-- en que quepan todos. Queremos un mundo en el que quepan muchos mundos, un mundo capaz de contener todos los mundos. La lucha tiene muchos caminos pero sólo un destino, el de ser uno con todos los colores que visten la tierra.”
Este nuevo mundo está naciendo en este mismo momento, delante de nuestros ojos. Mimetiza la inteligencia descentralizada de los sistemas vivientes, la democracia innata de la vida. Se funde en el reconocimiento de que la principal seguridad nacional proviene de la seguridad medioambiental. De hecho, confirman los analistas de la CIA, el mayor desafío a la seguridad en los años venideros, será el deterioro del medio ambiente. En términos de seguridad global, no se puede achacar a la coincidencia que los puntos políticamente más calientes y los caldos de cultivo del terrorismo, son aquellos que tienen el mayor índice de pobreza y degradación medioambiental.
Planeta Simbiótico: una nueva historia de la creación.
Nadie sabe de cuanto tiempo disponemos. Un reciente cambio de paradigma echó por tierra la teoría científica convencional que decía que los ecosistemas responden a la degradación paulatina y constantemente, que antes de cruzar ese umbral lo veremos venir y podremos tomar un paso atrás. Un estudio publicado en Nature llegó a la conclusión de que el asalto humano a la naturaleza ha dejado a muchos ecosistemas en un estado tan frágil que la mínima alteración podría provocar un desmoronamiento catastrófico, causando cambios abruptos sin apenas avisar. A pesar de parecer viables, a los ecosistemas llegan a un punto de inflexión cuando su resistencia se encuentra demasiado socavada. Tales cambios pueden ser irreversibles.
No sabemos a cuanto estamos del punto de inflexión. Precaución es la mejor consigna, pasando de gestionar el daño a prevenirlo. En la adopción del Principio de la Precaución, alrededor del mundo resuena el sentido común de la abuela: “más vale prevenir que curar, mujer precavida vale por dos…” Según Carolyn Raffensperger, defensora del Principio de la Precaución, es tan obvio que tal vez deberíamos llamarlo el Principio ¡no me digas!
En alemán, la palabra para referirse al principio de la precaución, Vorsorgeprinzip, significa “cuidar hacia el futuro”. La experta en biomímica, Janine Benyus, enfoca la idea de la siguiente manera: “El criterio de éxito biológico es mantenerte vivo a ti mismo y a tus hijos. Pero no se trata solo de tus hijos, sino de los hijos de los hijos de tus hijos, a diez mil años vista. Ya que no estarás allí para cuidar de ellos, tienes que cuidar del lugar que cuidará de ellos. Por eso, la principal e innegociable política que tenemos que convertir en ley es que la vida crea las condiciones propicias para la vida.”
El Principio de la Precaución se remonta a la antigua sabiduría indígena norteamericana, el principio de la Séptima Generación: todas nuestras decisiones tienen que basarse en cómo afectarán al bienestar de la séptima generación venidera. De hecho, en gran medida las poblaciones indígenas han entendido lo que hay que hacer para crear una relación sostenible con la tierra y con ellos mismos. A lo largo del tiempo han actuado con el conocimiento de que los humanos somos una especie clave de la que dependen muchos otros. Han administrado conscientemente un paisaje co-evolucionario centrado en la salud y el bienestar de la red superior de vida de la que los humanos dependemos. Como dice el autor Malcolm Margolin, “es muy importante poder ver a la humanidad no como algo aparte del mundo ni destructivo con él. Las personas, según su manera de vivir, de hecho pueden llegar a ser una bendición para la tierra.”
La humildad constantemente se impone, a la medida en que nos damos cuenta de lo poco que sabemos y que poco control tenemos sobre un medio antiquísimo, impredecible e incomprensiblemente complejo. La restauración es un arte y una ciencia de la que poco sabemos y nunca hasta ahora nos habíamos enfrentado a una destrucción a la escala que hoy tenemos delante. Como señala el ecologista restaurador indígena David Martínez: “Eso significa que no solamente tenemos que volver a la sabiduría ecológica tradicional, sino que tenemos que contar también con la ciencia occidental. Nosotros no curamos a la Tierra. Intervenimos lo mínimo para permitir que los procesos naturales curen la Tierra. Se trata de relaciones. Tienes que amar el mundo natural –las plantas y los animales—y cuidarles como si fueran tu propia familia.
“Las poblaciones indígenas se han dado cuenta que no puedes controlar el medioambiente hasta esos extremos sin repercusiones serias. Así que se desarrollo la ética para enseñarnos que, si hacemos caso omiso de nuestros familiares en el mundo natural, sufriremos serias repercusiones. No es casualidad que en los mitos tribales de Norteamérica, los embusteros, como el Coyote o el Cuervo, son a menudo también los creadores del mundo, porque el universo tiene una naturaleza realmente dudosa. Hay que trabajar con el caos, trabajar con el cambio, trabajar con lo impredecible y tienes que trabajar con humildad. La restauración es una empresa inter-generacional, centrada en la comunidad. Se trata de nuestra responsabilidad como humanos el participar cada día en la re-creación de la Tierra. Es un cuento de nunca acabar.”
Lo que observó primero Darwin en su teoría de la selección natural, era que “el más fuerte” era el mejor adaptado; el más apto para sobrevivir las condiciones existentes, en un momento histórico dado y en un contexto ambiental específico. Poco después, otros biólogos identificaron como importantes ventajas para la supervivencia, la cohesión de grupo y la solidaridad. Pero hacía falta la genialidad contemporánea de la microbióloga Lynn Margulis para defender la importancia de la simbiosis como principio básico de la supervivencia. Ella descubrió lo que sería, a todas luces, una prueba de A.D.N. de una innovación evolutiva primitiva entre tipos de bacteria enfrentados. Ya que ningún grupo podía devorar al otro, siguieron el impulso de fusionarse, lo que dio pie a la vida multicelular tal y como la conocemos hoy. Margulis llama a la Tierra “Planeta Simbiótico”, profundamente informada por la reciprocidad y la co-operación. La ecología es el arte de las relaciones, la evolución es en realidad co-evolución y todos navegan siguiendo la Estrella Polar de la simbiosis.
Puede que nuestra mejor facultad como seres humanos sea nuestra capacidad de reinventar la cultura. El cambio de enfoque reside en nuestros mitos, las historias que dan sentido a nuestro mundo y que nos guían en nuestras vidas. Necesitamos una nueva historia de la creación.
Sea cual sea tu perspectiva –ciencia o espíritu—la terca naturaleza hace uso de la misma libertad que nos brinda: exige contar su propia historia de la creación. En esta encrucijada crítica, esta nueva historia es una historia de la co-creación. La naturaleza nos inventó y los bioneros generosamente nos ofrecen una visión de cómo corresponderle. Esta revolución desde el corazón de la naturaleza también surge en el corazón humano y lo curará. Lo que nos empuja hacia adelante el re-encantamiento de la Tierra.
El tiempo es oro. El peor fracaso que nos puede acontecer es el fracaso de la imaginación.
Haciendo las paces con la Tierra y con nosotros mismos.
Somos testigos de la batalla final de una civilización en guerra contra el mundo natural y contra nosotros mismos. La cuestión primordial es cómo haremos las paces, con la tierra, con los demás, con nosotros mismos.
El reto al que nos enfrentamos no es ante todo tecnológico. La crisis medioambiental es, más exactamente, una crisis humana. Para salir bien de esta transición trascendental, se nos exige cooperar a gran escala. Requiere el equivalente de una movilización de guerra, sin embargo su objetivo es precisamente lo contrario: es crear la paz.
Para llegar al otro lado, vamos a tener que encararnos con las profundas heridas de nuestras sociedades y las nuestras propias para curarlas. El pacifista y pacificador Aqeela Sherrils lo llama El Movimiento Reverencial. Se trata de lo que amamos y reverenciamos como sagrado: la vida misma.
Tenemos mucha historia para superar. La guerra es un río escarlata que fluye a lo largo y ancho de las épocas. El psicólogo James Hillman sugiere que la guerra está tan profundamente incrustada en nuestra psique que la reverenciamos como si fuera divina: la Guerra Santa.
Tribu contra tribu. Nación contra nación. Guerra contra la Tierra. Guerra contra los pobres. Guerra contra las creencias religiosas. Guerra contra los indígenas. Guerra contra las personas de color. Guerra contra la mujer. La guerra contra El Otro.
Hoy, en los albores del siglo 21, la tecno-guerra moderna podría llevar a la aniquilación virtual de la civilización humana. Hasta el calentamiento global encontraría la horma de su zapato en el invierno nuclear. Todos somos prisioneros de la guerra.
¿Cómo salimos de ésta con vida? No somos los primeros en formular esa pregunta.
El fallecido historiador John Mohawk, de la tribu norteamericana de los Seneca, nos recordaba que la Federación Iroquois --tal vez el gobierno más progresista jamás concebido--- fue fraguada como consecuencia de unas guerras atroces. Hace siglos, en una época de salvajes conflictos y atrocidades difíciles de imaginar, un joven, que llegó a ser conocido como el Pacificador, dijo que la guerra enloquece a las personas. Cuando la gente está en guerra, no piensa con claridad.
Él lo argumentaba así: “No tenemos porqué vivir de esa manera. En nuestra mente colectiva tenemos el poder de crear un mundo en el que la gente no use la violencia si no la razón.” Viajó de poblado en poblado, convenciendo a la gente de que hicieran un pacto contra la violencia, diciéndoles: “Cuando te convences de que tu enemigo no piensa, estás destrozando tu poder de hacer las paces con él. Si queremos usar nuestras mentes para resolver los problemas, primero tenemos que reconocer que las personas del otro bando seguramente quieren que su gente viva, y probablemente desean muchas de las mismas cosas que nosotros deseamos.” La paz empieza por buscar los puntos de interés común con el enemigo.
El Pacificador también enseñó que la paz no es simplemente la ausencia de violencia. No se alcanza a la paz sin justicia. No se alcanza la justicia sin haber defendido los intereses de todas las partes. “Así pues, --dijo-- nunca acabaréis de resolver realmente los agravios de todos. No puedes llegar a la paz si ésta no se acompaña de un esfuerzo continuo de imponer la justicia. Esto significa que vuestro trabajo nunca acabará.”
El Pacificador no dijo que nos eliminaríamos con armas. Dijo que al fin, si no llegamos a la paz entre nosotros, las personas serían eliminadas de la faz de la tierra.
La época que vislumbraba El Pacificador ha llegado. Nuestros hábitos beligerantes de hoy amenazan la mismísima base de nuestra sostenibilidad como especie.
Como seres humanos, tenemos un rasgo muy importante a nuestro favor en este histórico momento de cambio. Somos excelentes cooperantes. Ha sido una de nuestras mayores bazas evolutivas como especie. Durante un 99% de nuestra historia, vivimos en pequeños grupos estables de cazadores-recolectores emparentados. Una situación óptima para cultivar el espíritu de íntima colaboración.
La pega es que limitamos nuestra cooperación a nuestros pequeños grupos. Que los extraños anden con cuidado, ya que también podemos convertirnos en maquinas asesinas despiadadamente eficaces. Según observa Robert Sapolsky, neurobiólogo de la Universidad de Stanford, el chip de la xenofobia primal— el miedo al Otro—está incrustado en lo más profundo de nuestro cerebro.
Estudios basados en representaciones ópticas del cerebro demuestran que un grupo de neuronas llamado amígdala (la ubicación de nuestra respuesta de supervivencia de correr-o-luchar) se puede estimular fácilmente mostrando imágenes de otras razas, provocando miedo y agresividad. Sin embargo, las pruebas demuestran que a los individuos que tienen mucha experiencia relacionándose con personas de otras razas, la respuesta de la amígdala no se activa. La amígdala también se queda tranquila cuando vemos a la gente como individuos en vez de miembros de un grupo.
Hay otras maneras comprobadas de mitigar nuestro miedo instintivo hacia El Otro. Una es el comercio. Otra es la de mantener las fronteras permeables y dejar flujos entre grupos. Sapolski concluye: “Los humanos estamos programados para ponernos en guardia delante del Otro, pero nuestras opiniones sobre quién cae en esa categoría pueden ser muy maleables.”
El reto que nos espera es si podemos suavizar nuestras fronteras culturales excluyentes –-y de hecho, expandir esas fronteras más allá de lo humano—para cooperar a escala global y abrazar un mundo culturalmente diverso y biológicamente interdependiente.
Nuestras heridas son profundas, como viejos malos hábitos. Hay mucho que conviene olvidar. También hay mucho que necesitamos recordar. Sobre todo, tenemos que recordar el futuro.
Las heridas que infligimos sobre la Tierra y sobre los demás son la misma herida.
Bienaventurados sean los pacificadores.